Mucho que aprender, todavía tienes


Seguramente recordéis esta mítica frase de STAR WARS.


EL MAESTRO YODA tenía razón: nunca se es demasiado viejo, o demasiado experto, para aprender algo nuevo.


En cierta manera, siempre somos jóvenes para instruirnos, y más aún en un mundo tan cambiante y de una manera tan acelerada como el nuestro, dónde el conocimiento siempre se presenta inmenso.


STAR WARS, EL SEÑOR DE LOS ANILLOS, KARATE KID, EL CLUB DE LOS POETAS MUERTOS o LOS CHICOS DEL CORO, tienen algo en común y siempre presente: La figura del maestro que te orienta en tu camino.


Pero… ¿Qué es lo que hace tan especiales a estos maestros de ficción?


Sencillamente: Que nos hacen pensar.


Estos maestros que enseñan a pensar no existen sólo en la ficción, también los podemos encontrar en la realidad, y en diferentes disciplinas.


Hoy, por ejemplo, podemos destacar las artes marciales clásicas: Nos enseñan a pensar, aprendiendo métodos, sistemas y pedagogías diferentes, con una raíz milenaria, que también puede resultar abstracta, incómoda o frustrante y, al mismo tiempo, muy eficaz y muy recompensante.


En las artes marciales se esconde un complejo engranaje como el armado de un reloj, en donde cada elemento, por aparentemente banal o insignificante que parezca, es totalmente relevante.

Aprender a tomar conciencia de cada elemento y refinarlo hasta donde se pueda: la obsesión por el detalle, para profundizar en la conciencia y la superación.


Los maestros que te orientan en las artes marciales pueden provocarte algo similar al odio, por la complejidad de sus enseñanzas, pero inmediatamente, en cuanto aprendes la lección, pasas a la admiración y el respeto por sus consejos, porque encuentras una guía de vida que es real.


Y es que aprender comienza por pararse un momento a reflexionar y darse cuenta de que hay algo ahí que está por conocerse.


Ese cuestionamiento es lo que nos abre las puertas al entendimiento.


Ya lo decía RENÉ DESCARTES con su COGITO ERGO SUM (Pienso, luego existo): La duda es el mecanismo para encontrar un principio evidente.


La duda o, lo que es lo mismo, no dar las cosas por sentadas o por sabidas.


Hay que preguntarse continuamente “¿Y por qué?”, eso que distingue tanto en la forma de actuar a los más más pequeños de los adultos y que, a veces, nos irrita tanto. ¿Por qué esto? ¿Por qué aquello? ¿Por qué lo otro?


Sí, siempre “¿Por qué?”, porque esta sencilla conjunción átona es la llave maestra para acceder al pensar, y de ahí al entendimiento.


Hay que aprender a pensar.


¿Cómo?


Aprendiendo a hacernos mejores preguntas, preguntas oportunas, preguntas poderosas, preguntas…eficaces:

  • Qué es lo que quiero.

  • Por qué lo quiero.

  • De dónde me viene esta creencia.

  • ¿Cómo de útil será decir o hacer esto?

  • Qué beneficio espero conseguir al lograr lo que quiero.

  • Qué recursos, que habilidades, que necesito para conseguir lo que quiero.

  • Qué obstáculos me encontraré al tratar de conseguirlo.

  • De qué trata el asunto.

  • Cuáles son las partes implicadas.

Si introducimos y mantenemos el hábito de hacernos preguntas, sencillas o complejas, pertinentes o impertinentes, conectaremos con ese interior nuestro, que tanto nos recuerda al niño que fuimos, donde lo esencial no era aprender, porque ni tan siquiera teníamos la conciencia de que aprendíamos, sino que comprendíamos pensando e interrogando.


YODA, GANDALF, MIYAGI, KEATING o MATHIEU son nuestros senseis, y un reflejo de otros tantos senseis, hombres y mujeres que compartirán nuestro camino en este mundo; que invocarán nuestra capacidad de aprender, gracias a que con sus propuestas nos enseñan a pensar.


Si desde cualquier tribuna te intentan convencer que los pensamientos son sesgados y lo único importante es aprender, duda... Recuerda la máxima de Descartes: Pienso, luego existo. Y quieres existir, ¿no?

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