La ley rider


Pizza-GraphicMama-Team | Pixabay
Pizza-GraphicMama-Team | Pixabay

Contra viento y manera, con lluvias torrenciales, con nieve, con un calor asfixiante o en un plácido día de primavera mientras tú paseas iluminado románticamente por una luna llena ¿Cuántas veces has visto a esos jóvenes, y no tan jóvenes, subidos en una bici, en una moto o en un patinete (que de todo hay) con una mochila enorme a sus espaldas, donde seguro va esa cena apetitosa que alguien espera tranquilamente en su casa?


Para muchas de esas mujeres y hombres es una salida para mantenerse a sí mismos o a sus familias; una alternativa a la huida de países en conflicto interno o externo; a una educación que, por una razón u otra, no es la mejor, o simplemente un trabajo tan digno como cualquier otro.


Si compartiesen sus experiencias te podrías encontrar historias maravillosas, espantosas o al menos curiosas: Ginecólogas esperando una convocatoria pública que no acaba de salir después de la Covid; un drogadicto intentando una alternativa de vida; una maravillosa directora financiera, ya con una cierta edad, despedida después de un ERTE o un gordito dispuesto a bajar peso porque se ha enamorado de alguien y cree que la bicicleta le abrirá las puertas al amor.


Y esas son vivencias que nos han compartido en este último mes, porque otros y otras no tienen ni tiempo a decirte más allá de tu nombre, darte el pedido y salir corriendo al siguiente.


Sin embargo, por esos prejuicios que siempre se tienen, se les considera más un medio que unas personas o, como si formasen parte de una máquina de distribución, pocas veces nos paramos a saber de sus circunstancias, como podríamos hacer con el frutero o esa persona que nos vende los tornillos que nos faltan.


Hacedlo: veréis que son iguales a ti, y tienen los mismos derechos y obligaciones que tú. Los mismos problemas y alegrías o las mismas necesidades.


Lo cierto es que sus condiciones de trabajo son, por lo general, muy duras, duplicando o triplicando turnos para acceder a unas cantidades que justifiquen un sueldo, con horarios asesinos, con exigencias de pedidos mínimos, teniendo que tratar con clientes para los que son invisibles o que después de haber recorrido una carretera sin apenas iluminar y con el miedo en el cuerpo de “¿a dónde narices voy?” no les dicen ni un "gracias", o, simplemente, sin poder curarse un resfriado porque supone perder cualquier ingreso.


La mayor parte trabajan, o trabajaron (porque alguna ha desaparecido) para plataformas digitales muy conocidas como GLOVO, DELIVEROO o UBER EATS que nos lo ponen muy fácil para que les encarguemos los pedidos a través de las apps, y no tan fácil cuando se es esa pieza imprescindible conocida como rider, que no siempre es valorada o respetada.


Hace aproximadamente un año se aprobó la ley para la laboralización de los repartidores de plataformas digitales.


Conocida como la LEY RIDER, pretendía acabar con la precariedad, y que venía motivada, en gran parte, por las denuncias (pocas, pero muy notorias) que hicieron que los jueces considerasen, entre otras cosas, que esas empresas los trataban como falsos autónomos.


Los pro-autónomos consideraron la ley como insuficiente y, además no entendían porque desde el Gobierno no se producían multas ejemplarizantes contra las infractoras.


Los contra-autónomos hacían proclamas apocalípticas estimando que se iban a perder 15.000 “empleos”.


Sobre la mesa saltaron otros temas, como la posibilidad de que las plataformas subcontratasen para saltarse las obligaciones, la mala utilización de emigrantes sin papeles, el que los sindicatos no fueron escuchados o asuntos más peliagudos como que sí cualquier indicio de rasgo de laboralidad debía convertir en asalariadas a personas que por sus circunstancias no podían serlo o que tendrían que enfrentarse a problemas que ni la Administración estaría por la labor de resolver.


Incluso hubo quien dijo que era un puesto de trabajo muy atractivo porque se ofrecía una flexibilidad que permitía, por ejemplo, estudiar y obtener un complemento y que, además, nadie tenía la obligación de estar disponible, porque las plataformas te permitían conectarte o desconectar cuando quisieses, algo que, por supuesto, también puedes decidir cuando trabajas en una oficina (ir o no ir) aunque el resultado a fin de mes cualquiera lo conoce.


La ley, además de reconocer sus derechos como trabajadores y trabajadoras por cuenta ajena, incluyó obligaciones de transparencia para conocer los algoritmos de control de la labor que hacían durante su jornada laboral, especialmente a través de sus teléfonos.


De esta forma se regulaba el deber y el derecho a la información sobre la trazabilidad de los parámetros, reglas e instrucciones que se les daban, o los sistemas de inteligencia artificial que determinan el rendimiento o producción, las cargas de trabajo, los turnos, la valoración sobre resultados, el tipo de contrato o el perfil de quien reparte.


Este fue uno de los principales caballos de batalla para dejar claro que esas gigantes plataformas no eran sólo intermediarias, sino que ejercía un control absoluto entre quien pedía la comida y quien la entregaba, hasta el punto de penalizar ciertas acciones, sometiéndoles a la más absoluta precariedad (sin protección social, sin más encargos, sin contrato o sin información).


¿LA SITUACIÓN HA MEJORADO?


Depende, como en todos los casos, de a quién le hagas la pregunta.


Las plataformas dicen que ha desbaratado todo y que se tenía que haber arbitrado de otra manera, porque la flexibilidad que permitía a los chicos y las chicas de la moto trabajar para varios, ahora les obliga a tener un solo empleador.


La otra parte, se queja de que les ofrecen, por ejemplo, 1.000 euros brutos mensuales, y tener que hacer un mínimo de 500 pedidos.


En estos momentos es difícil que la ley sea acatada, y salvo escasas excepciones, resulta prácticamente imposible conseguir cualquier documentación al respecto.


Las excusas no tienen fundamento jurídico (como argumentar, de forma absolutamente falsa, que la AGENCIA DE PROTECCIÓN DE DATOS no se lo permite), y de hecho desde el Ministerio se están estableciendo mecanismos para que se cumpla la norma por esta mala praxis, y hoy se busca una homologación y/o colaboración a nivel europeo.


¿Mejorará a futuro o se podrá contar con otros países?


DELIVEROO anunció que SE RETIRABA DEL MERCADO ESPAÑOL, supuestamente por esta legislación, aunque la realidad apuntaba más a la enorme competencia de las otras empresas de delivery, incluyendo a JUST EAT además de las mencionadas, y la prueba estaba en que ellos habían dejado de invertir en España antes de todo lo que supuso la ley y, por supuesto, no estaban dispuestos a asumir los costes laborales extra.


Todos proponen soluciones híbridas y plantean, por ejemplo, que los propios riders hagan subasta de sus servicios, donde la decisión es suya y no de la plataforma, buscando la tangente a los rasgos legales de laboralidad, y haciendo que muchas veces se tenga que ir a la baja porque se tiene que competir para conseguir un pedido.


También está el modelo que utiliza JUST EAT contando con flotas a través de EMPRESAS DE TRABAJO TEMPORAL.


En Europa la legislación se ha considerado como modelo a seguir por parte de muchos gobiernos.


La realidad es la misma que se puede aplicar a cualquier otra empresa o negocio:


Mientras no exista una conciencia social y solidaria donde la riqueza se reparta de una forma equitativa, respetándose todas las partes, difícilmente se resolverá cualquier cuestión, porque la picaresca será algo que siempre salga a relucir para conseguir el mayor beneficio, sin entender que no sólo a la larga, sino en la más corta, un mundo mejor sólo es posible haciendo las cosas mejores.
0 comentarios

Entradas relacionadas

Ver todo
Volcán

RECIBE TODAS LAS SEMANAS ALGO SINGULAR

Directo a tu email

Nuestra newsletter "La Singularidad Canaria"

es perfecta para ti